
No sé quién fue Villarroel. Me había propuesto buscarlo, pero todavía no me ha dado tiempo, entre unas cosas y otras. Me pregunto si será el mismo Villarroel que quien le da nombre a la calle de Salamanca o si cada ciudad tiene un Villarroel. Si se apellidara García no se me habría ocurrido pensar que el García de mi calle en Barcelona sería el mismo que el García de mi calle en Salamanca. Sería mucha casualidad, pero con Villarroel la sensación es otra. Como si fuera una persona sobre la que merecería la pena informarse, en contraste con la aburrida vida de ese tal García.
Cuántos padres se devanan los sesos por encontrar el nombre ideal para su hijo sin darse cuenta de que lo que realmente importa viene predeterminado por su mera existencia. Su apellido es lo que marcará el futuro de ese hijo. De nada sirve que le llames Aristóteles si se apellida García, y lo mismo ocurre al contrario. Aunque llames a tu hijo Pepe, si el apellido es lo suficientemente exótico o, mejor aún, si la combinación del nombre y el apellido (o de los dos apellidos) encaja divinamente, tu hijo tiene la mitad de su futuro arreglado, algunos pensarían.
Un García, sin embargo, empieza desde abajo. Se lo tiene que currar desde que nace. Ya en el colegio se verá obligado a destacar de alguna forma y tendrá que ceder hasta el punto de que alguien decida llamarle por su segundo apellido (porque el primero ya se lo han asignado a otro de la clase que viene antes en la lista) o, peor aún, por el mote que a algún graciosillo se le ocurra. Los García pasan desapercibidos hasta que se demuestra lo contrario, es como si les hubiera tocado llevar uniforme en un contexto donde hay niños que demuestran su personalidad a través de su ropa, tan cuidadosamente elegida.
A un García no se le dice que es especial, se le tiene que convencer. Ya no se cree nada. A Villarroel, sin embargo, no le pasa eso. De niño todos se aprenden su nombre y hasta fuerzan el forjar una amistad con él con tal de decir que tienen como amigo a Fulanito Villarroel (nadie se acuerda de su nombre, pero eso es otra historia). Los profesores le distinguen a lo lejos del pasillo y le saludan: ¡Villarroel, Villarroel! Los que más le aprecian ya han empezado a llamarle Villa o Villaró, dependiendo del nivel de creatividad del orador ese día. A Villarroel los adultos le preguntan qué quiere ser de mayor para conjugar secretamente en su cabeza qué tal sonaría la combinación del nombre y el afortunado apellido en el oficio elegido por el niño. Seguramente quede bien.
Nadie quiere que le atienda un doctor García. Todos prefieren al renombrado doctor (probablemente cirujano) Villarroel. García te receta ibuprofeno y te manda para casa; Villarroel te manda pruebas en un afán de diagnosticarte como ¿Dios? manda. La bata del doctor García tiene una mancha de café en la manga derecha; la chaqueta de iniciales bordadas del doctor Villarroel deslumbra a su paso con un blanco nuclear que hace cuestionarse fugazmente a los de la sala de espera si tendrá varias o si la sabe cuidar tan bien que tiene solo una.
Y sin embargo, a veces un García tiene una idea y se hace a codazos entre los Villarroel. García no piensa en nada en ese momento. Su alegría es tal que incluso le llega a gustar su combinación de nombre y apellidos. A García, en ese momento, le deja de importar ser uno de miles. García se pone el mundo por montera ante la atónita mirada de apellidos del nivel de Bernhardson o Matejikova. García agarra su cuaderno y se pone a escribir vorazmente. No le cuesta desvirgar esa página en blanco. Decide empezar por algo sencillo. García decide teorizar sobre el nombre de su calle.


