Las empresas no son tus amigas (2018)

Las empresas nos envían trabajo y nosotros a ellas les ofrecemos nuestros servicios. Suena fácil, ¿no? No parece una relación que pueda conducir a error y, sin embargo, para las personas sensibles existen ciertos factores que, en ocasiones, nos pueden confundir y hacernos llegar a pensar que, detrás de ese trato cordial, se esconde “algo más”. Pero ¿qué? En el desierto de la profesionalidad atisbo un oasis de… ¿cariño? ¿Es eso lo que noto? Pero… ¡no puede ser! O… ¿quizá sí? Quizá haya sido tan afortunada de haber descubierto que, detrás de esa transacción comercial, existe algo de… ¿mimo? ¿Apego? ¿Afecto?
Quienes leen a menudo lo sabrán: cuando lees un libro, sin ver las caras de los personajes ni palpar las relaciones intangibles que en él se vuelcan, uno acaba haciéndose una imagen mental de cómo es ese universo: qué cara tienen los protagonistas, qué gestos suelen utilizar y hasta cómo son sus voces. De igual forma, se refleja en tu cuerpo la tensión que el autor ha querido crear con sus palabras en un momento dado y la tranquilidad cuando eso es lo que desea retratar.
Para mí, como persona que vive por y para las palabras, a veces, y solo a veces, me ocurre lo mismo con mi trabajo. Cuando la interacción con tus clientes es la que marca el ritmo de tus días y se convierte en la espina dorsal de tus, de otro modo, anárquicos horarios como autónoma, a veces asocio ciertos atributos a esos clientes y empresas, ya sea por el uso frecuente de fórmulas de cortesía tan habituales en inglés o porque, efectivamente, esa persona está siendo amable contigo.
Sin embargo, crearse una imagen mental de la empresa e incluso de la relación que te une a ella entraña un gran riesgo: a veces, y solo a veces, en la soledad de nuestro trabajo confundimos esa profesionalidad con el aprecio; la cordialidad con el compromiso; la cortesía con el interés; las preguntas con el afecto. Dejarse llevar por esta confusión tiene sus consecuencias: cuando llega el momento en el que la empresa te recuerda quién manda y dónde estás tú en su lista de prioridades, no solo duele profesionalmente, sino también personalmente. Porque los traductores no tenemos dos corazones (el personal y el profesional), sino uno.
Imagino que es de una reflexión similar de donde surge la expresión “Las empresas no tienen corazón”. Más allá del brutal insulto que estas palabras parecen esconder, nada más lejos de la realidad: las empresas se componen de una serie de personas “insignificantes” (tanto como lo somos cualquiera) que, juntas, crecen hasta el punto de ser capaces de olvidar (a veces, y solo a veces) que la humanidad que intercambiaron en su momento por el nombre de su empresa sí sigue presente en aquellos con quienes tratan: nosotros.
No me lo digas, lo estás pensado: “#notallcompanies (firmado: All companies)” ¡Pero no todas son así! Bueno, permíteme que dude, en este momento de desengaño en el que me encuentro estos días. No obstante, si tuvieras la suerte de encontrarte con alguna que no fuera así, aun así, te recomiendo que tengas siempre presente que la relación que te une a ellas es meramente profesional. No te confíes, porque a veces, y solo a veces, los personajes de ese libro no son como imaginabas.
Y colorín colorado, este cuento aún no ha acabado.