Oporto II (2/2018)

Durante los cuatro meses previos al viaje se me plantearon muchas preguntas a las que estaba deseando poder responder. ¿Me sentiré sola? ¿Me arrepentiré de irme pasado el subidón inicial? ¿Echaré de menos Madrid? ¿Me dará pereza irme a otros lados una vez esté a gusto en uno? En esta entrada por fin doy respuesta a estas cuestiones, y las he dividido en expectativas y realidad.
Aprovecho para dedicarle esta entrada a las dos chicas que me han escrito porque mi experiencia les ha animado a hacer lo mismo que yo próximamente. En ella encontrarán dudas que seguramente también les surjan a ellas.
“¿Me sentiré sola?”
EXPECTATIVAS: Esta inquietud se remonta a mi Erasmus en 2010/2011 en Islandia y Suiza, cuando pasé de vivir con mis padres a sentirme sola rodeada de desconocidos que iban a su bola y entre los cuales yo no destacaba ni para bien ni para mal. Aquel shock inicial entre expectativas y realidad, quizá fruto de haber visto demasiadas películas, ha hecho que inevitablemente esta vez me planteara si me volvería a sentir así. Sin embargo, los siete años de diferencia entre una experiencia y otra, los dos años que he vivido sola y las variadas experiencias por las que he pasado desde entonces han hecho que este miedo se quedara solo en eso, miedo.
REALIDAD: Seguramente tiene mucho que ver para no sentirme sola el hecho de haber encontrado un espacio de coworking donde me he sentido muy bien acogida desde el primer día. Sin la gente que lo frecuenta y el buen rollo que se respira, la respuesta a esta pregunta sería bien distinta. Curiosamente, la sensación que tanto busqué y no encontré en Madrid (sencillamente, formar parte de un grupo), después de todo un año de probar coworkings, la he encontrado aquí a los dos días de llegar.

Me he quitado un peso de encima al comprobar que el problema no era yo. Como ya comenté anteriormente, tendemos a cargar sobre nuestros hombros la responsabilidad de que las interacciones sociales salgan bien o no y llegamos a pensar que “algo debo estar haciendo mal”. Es un alivio (y es una de las sensaciones que venía buscando sentir) darse cuenta de que, actuando de la misma forma la reacción puede ser bien distinta: sonrisas, amabilidad, interés recíproco, bromas, almuerzo conjunto, cervezas el viernes…
¿Echaré de menos Madrid?
EXPECTATIVAS: Que se me cayera la lagrimilla, figurada o no, cada vez que escuchara hablar de España o de croquetas.
REALIDAD: Pereza máxima cada vez que oigo mentar a mi bendito país o se me ocurre visitar una web de noticias. Lo de las croquetas no lo llevo tan bien, pero estoy en ello.
¿Me arrepentiré pasado el subidón inicial?
EXPECTATIVAS: “Buf, ya verás, en cuanto me vea allí sola sin nada especial que hacer más que vivir el día a día… Me voy a arrepentir de haber dejado la comodidad en la que estaba establecida…”
REALIDAD: “Buf, qué ganas tenía de verme aquí sola sin nada especial que hacer más que vivir el día a día. Menos mal que me he animado a dejado la comodidad en la que estaba establecida…”
¿Me dará pereza irme a otros lados?
EXPECTATIVAS: “Igual llego allí y me gusta tanto que me quiero quedar y ya no quiero irme a otros lados…”
REALIDAD: Ya he conocido a varias personas que empezaron con la intención de viajar por el mundo y acabaron escogiendo Oporto como primer y último destino. Lo entiendo, es una ciudad asequible (muchos vienen de países mucho más caros), agradable (el clima se está portando para ser enero) y bonita. Yo, por ahora, no he dejado de tener ganas de seguir viajando e intento recordarme el fin último de esta aventura: viajar en sí mismo, verme en distintos contextos, conocer a más y más gente y, sobre todo, adaptarme a adaptarme. Pero sí, admito que Oporto ha dejado el listón bastante alto y es posible que todo lo compare con esta primera grata experiencia… ¡Ya os contaré!

Estas son, a grandes rasgos, las preguntas más habituales que me hice antes de empezar. Imagino que mi respuesta será ligeramente distinta a medida que vayan pasando los meses; soy consciente de que no siempre me sentiré tan plena como ahora, pero de eso se trata, de vivir en otros lugares. Hasta ahora, me he sentido más estable emocionalmente en dos semanas que en los últimos dos años en Madrid.