Haciendo las maletas (1/2018)
Parecía que no iba a llegar nunca, pero… ¡ya casi está aquí el 22 de enero! La fecha que tan señalada estaba en mi calendario. Fue a principios de octubre cuando se me ocurrió la idea de viajar por meses y desde entonces llevo esperando (y planificando) este momento… ¡Parecía que no iba a llegar nunca! Ha habido veces en las que me parecía una ilusión (en su primera acepción; ¡en la segunda lo era y lo sigue siendo!)

Gracias a haberlo decidido con tanta antelación, he tenido tiempo para ir deshaciéndome paulatinamente de cosas. He vendido y regalado gran parte de lo que tenía por casa (electrodomésticos, muebles, ropa…) y, la verdad, me siento más libre y ligera que nunca. Como si todo fuera más fácil ahora que no dependo tanto de lo material. A Salamanca (de donde soy) solamente he tenido que llevar cuatro cajas grandes y dos pequeñas (mayoritariamente sábanas, libros y ropa de verano) y con eso me ha bastado para completar una mudanza que, sin esta mentalidad, habría requerido mucho más tiempo, esfuerzo y dinero. Esta vez con un viaje en coche ha bastado.

Mientras estuve en casa, aproveché para hacer limpieza también allí (libros del instituto, CD antiguos, cuadernos, etc.) y vi recompensado el esfuerzo: gané tanto espacio que pude deshacerme de una estantería que hacía mi cuarto más pequeño. Parece que no, pero la decisión de “minimalizar” es más satisfactoria aún si tiene resultados tangibles.
Me he dado cuenta de que esta limpieza no podía haberla hecho antes: solo ahora estaba preparada mentalmente para desprenderme de objetos, ropa y material a los que yo solita había otorgado más valor del que tenían. Antes, esa camiseta era símbolo de una época; un cuaderno, el recuerdo de mi infancia; unas revistas, el testimonio de mis gustos hace años. Ahora solo veo tela y papel, porque sé que mis recuerdos no están contenidos en objetos. Una experiencia muy satisfactoria después de la cual sentí que incluso mi cabeza estaba más despejada. Es, además, un ejercicio de sinceridad. De nada sirve guardar cosas (incluidos ropa, zapatos…) “por si acaso algún día…” si te acabas de acordar que lo tenías después de 10 años sin necesitarlo.

Por otro lado, en la casa en la que llevo viviendo en Madrid desde mediados de 2016 (sí, la de la ventana) ya no queda casi nada más que lo que voy a llevar en la maleta. Como comenté, para ir a Oporto (mi primer destino) facturaré una maleta, por aquello de que los jerséis de invierno ocupan más (y porque, cuando compré el billete, ni me había planteado ir solo con la de mano). Sin embargo, en el resto de destinos (por orden: Atenas, Budapest, Rumanía… [¡este no os lo había dicho!]) solamente llevaré una maleta de mano de las medidas de Ryanair y una mochila donde meteré la funda/maletín con el portátil, el teclado y el ratón, y el Roost Stand. No obstante, aprovecho para recordar que entre un destino y otro pasaré por Madrid y así podré ir reemplazando unas prendas por otras más adecuadas al tiempo que haga.
Para que me quepa todo, como podéis imaginar, llevaré lo imprescindible. De hecho, hace un par de semanas hice un “simulacro de maleta” y parece que todo encajará…


En fin, la próxima entrada ya la escribiré desde tierras lusas. Tengo muchas ganas de empezar y, curiosamente (por ahora), no me siento nerviosa. Será raro materializar un sueño; será raro vivir en él.