
De niños no elegimos a nuestros referentes, sino que asumimos que lo que salga de la boca de cualquier adulto que nos rodea constituye la verdad absoluta y predice fielmente cómo será nuestro futuro cuando lleguemos a su edad. Sin embargo, los años pasan y, aunque ganamos en conocimientos y experiencias, a veces olvidamos revaluar lo interiorizado. Hace poco alguien me dijo «Merche, tienes que actualizar la base de datos sobre ti misma» y me encantó. ¿Por qué seguía diciendo que soy mala en matemáticas si llevo años gestionando mis inversiones y he negociado el tipo de interés de la hipoteca de mi piso sin ayuda? Porque suspendí la asignatura hace 20 años. ¿Por qué seguía pensando que no era capaz de hacer ciertos ejercicios físicos? Porque me daba pánico saltar al potro hace 25.
Nunca es tarde para revaluar y tomar ciertas decisiones. Si aplicamos la regla del (des)interés compuesto, aquel «Ya lo haré.» ha mutado para algunos en estancarse por miedo. Para otros, el «En cuanto pueda me cambio de curro.» ya suma 15 años de experiencia en Ninguneo S.L a sus espaldas. Irónicamente, estos adultos de hoy, niños de ayer, son ahora los referentes de algún niño que presta atención durante las comidas familiares a esas frases derrotistas que pronuncia ese sabio: «Ahora me voy a cambiar yo de trabajo, después de 15 años…», «Ahora voy yo a irme a vivir al extranjero, con dos niños y una hipoteca…». Si lo dice una persona mayor, tiene que ser verdad. Mejor quedarse quietecito.
Entonces, ¿en qué momento actualizamos nuestros referentes los adultos? Para mí, no ocurre, sino que debes permitir que pase exponiéndote a vidas ajenas y planteándote cambios sin cinismo. Si te dejas, el cine o la literatura son la forma más fácil de poner patas arriba tus ideas. A las historias que se nos quedan grabadas hay que prestarles atención, porque seguramente nos resuenan por vernos reflejados o por retratar algo que solo nos habíamos atrevido a soñar. Vidas ajenas que, ficción o no, por su naturaleza te permiten analizar con distancia situaciones y decisiones de las que puedes sacar alguna que otra conclusión interesante. Aún recuerdo lo que me marcó en el 98 Sliding Doors.
Así sustituye un adulto sus referentes por otros más alineados con la persona que es hoy y no con el niño que fue ayer. Los referentes de un niño solo reflejan en qué entorno se crió, no sus creencias reales. Todo con tal de tener la certeza de que llevas la vida que llevas porque la has elegido, no porque te ha pasado. Todo con tal de que estar en paz con lo decidido si de repente la vida te pega un susto. Todo con tal de no llegar a la trágica conclusión que hace a algunas personas pronunciar con desgana la fatídica frase «Ya si eso en otra vida» cuando les planteo ilusionada un «¿Y si…?». «Ya-si-eso-en-otra-vida». Que conste en acta, señoría. Al menos lo he intentado. Después de todo, decidir no hacer nada también es una decisión y, ¿quién se atrevería a poner en duda la decisión de un adulto?


