Este verano me he apuntado al curso «Fundamentos de la narrativa» de la Escuela de Escritores de Madrid impartido por Antonio Marín y uno de los ejercicios del primer día consistía en escribir un relato de unas 800 palabras basado en tres imágenes aleatorias que habían salido de una baraja de fotos a priori sin sentido: un maniquí detrás de una vitrina con carmín, un árbol que había crecido en horizontal y la imagen de un aula. A continuación, el resultado:

Aquel domingo Laura se terminó de cansar de la ciudad. La certeza le llegó al pasar por delante de aquel escaparate tan estrafalario. Se sentía hastiada de tanta modernidad, pese a que aquello desafiara la edad que aparecía en su carné. Estar rodeada de constantes estímulos agotaba sus energías y cada día llegaba a casa exhausta, incluso aunque ese día no hubiera trabajado hasta tarde. Necesitaba un cambio que implicara silencio, pero ir a contracorriente no era fácil: su familia aún vivía en el pueblo y no dudaba en trasladar a Laura su sentimiento de orgullo por haberse abierto camino en la capital, lejos de las cabras y pastores que la vieron crecer. Antes de aquel domingo, Laura siempre encontraba motivos para quedarse desafiando su propia intuición y haciéndose caso omiso, pero aquel maniquí y la sonrisa de carmín dibujada en el escaparate parecía burlarse de sus dudas y la arrojó a una tarde de bloqueo existencial en la que la culpa y las certezas se batían en duelo mientras ella miraba el techo sobre la cama sin paradear.

Cuando las paredes se empezaron a tornar naranjas, decidió recurrir a la estrategia que mejor le funcionaba en esos momentos de desarraigo visceral que tan habituales se habían vuelto en los últimos años. Se puso a escuchar canciones antiguas y abrió el baúl donde atesoraba sus orígenes. Hojeó cuadernos antiguos, lápices a medio roer y bolígrafos secos, sin saber bien lo que buscaba pero segura de que, cuando lo encontrara, lo sabría. Con las manos barnizadas de polvo, en una esquina de una caja de zapatos encontró una imagen amarillenta del aula donde había pasado todas las horas lectivas desde que las abuelas del pueblo consiguieron inaugurar la escuela con mucho esfuerzo y dedicación.

En aquella aula, que ellas llamaban colegio, se impartían bajo un mismo techo todas las materias y se reunía a todos los niños, independientemente de su edad y de sus capacidades. Estaba situada en mitad del campo y su presencia la anunciaba un cartel que habían pintado los alumnos con colores pastel una mañana que Laura aún recordaba con cariño. Por la naturaleza del entorno, en verano, los profesores tenían que alzar la voz por encima del chirrido de las chicharras y el zumbido de los ventiladores para hacerse oír y, en invierno, las madres del pueblo apilaban mantas para evitar que el viento se colara por las rendijas que quedaban entre las ventanas y las paredes.

El colegio era fácilmente reconocible porque estaba situado junto a un árbol que había crecido en paralelo al suelo, desafiando la gravedad. Se eligió aquel enclave precisamente por su simbolismo, porque aquel árbol tenía las mismas posibilidades de crecer que el pueblo de conseguir que se construyera la escuela. En el aula, los profesores prácticamente adoctrinaban a los chavales diciéndoles constantemente que el futuro estaba en la ciudad: referencias sueltas aquí y allá a las inagotables aventuras que les esperarían allí, lectura de libros cuyas historias se emplazaban en grandes urbes y cuadros que decoraban las paredes donde se retrataba Madrid, Helsinki o Nueva York como el paraíso en la Tierra.

Los alumnos no lo sabían, pero los mayores del pueblo habían querido participar en el plan de estudios que se impartiría para garantizar que todos los chavales se mudarían a la ciudad al acabar las clases. Pese a no haber estado nunca en todos aquellos lugares que idealizaban, o quizá por eso mismo, los mayores asumieron que marcharse era lo mejor para aquellos jóvenes, sin excepción. Su decisión les condenaba al olvido y ponía fin a oficios de generaciones, sí, pero acordaron sacrificarlo todo para evitar a la juventud las penurias que ellos habían pasado. La ciudad era, para ellos, el lugar donde ocurrían los milagros y todo era posible. Y lo consiguieron. El 25 de junio de unos años más tarde a la inauguración, ya no quedaba nadie menor de 60 años en el pueblo. Silencio y chicharras se aliaron de nuevo para subrayar la mayor de las soledades y el éxito de su estrategia.

Laura seguía sosteniendo la foto polvorienta, intentando descifrar si en aquel plástico de 10×15 podría encontrar la respuesta que andaba buscando. Su familia y el pueblo entero lo había dado todo para que ellos pudieran estudiar en Madrid y, sin embargo, no parecía haber vuelta atrás de la certeza alcanzada al dirigir la mirada a aquel maldito escaparate. Confusa y frustrada, volvió a guardar la foto en la caja, dentro del cajón y entre los cuadernos viejos, y se quedó mirando al infinito por la ventana, donde a lo lejos asomaban las cuatro torres de Chamartín y, detrás de ellas, el horizonte.

Acerca de la autora

Merche García

Me llamo Merche, tengo 36 años y soy traductora. El lenguaje y la comunicación son mi pan de cada día y así lo demuestran mis aficiones: leer, escribir, dibujar, hablar, escuchar… En concreto, has ido a parar al espacio donde escribo, para que puedas leer y, después, podamos hablar 🙂. Este blog se llama «Terceras Partes» porque antes de él hubo otros dos, «Punto y Oporto» (para contar mi experiencias nómadas) y «Traducir&Co». Puedes leer algunas de las entradas accediendo desde el menú superior.

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