Incoherencias vitales (2019)

Hacía mucho que no le daba tantas vueltas a una entrada antes de publicarla. Dice el contador de WordPress que llevo editado este texto 21 veces. Y no es para corregir cosillas, no, ha sido para reescribirlo todo cada vez. El motivo es que, a modo de experimento, he dejado reposar el primer borrador, que escribí en una de esas noches hiperreflexivas donde solo escribir te libera. En otras ocasiones, lo habría borrado y habría empezado de cero otra entrada cuando estuviera menos filosófica, pero esta vez me apetecía observar la evolución de mi estado de ánimo a través de un texto. El resultado es una entrada “normal y corriente” con una carga mucho menos negativa que cuando la esbocé, y con una conclusión/aprendizaje sobre mí misma que, si bien no sé si os “servirá”, sí me apetece compartir con vosotros. Aprovecho para ilustrarla con fotos que hice en mi último viaje a Madrid.
Lo malo de ser traductora de profesión y de corazón es que interiorizas tanto ciertos conceptos que los llegas a extrapolar como no debes a los ámbitos equivocados. Es lo que me ha pasado últimamente con la idea de “incoherencia”, esos indeseables errores que empeoran la calidad del texto y que los traductores intentamos evitar a toda costa antes de la entrega final con todo tipo de métodos, herramientas y comprobaciones.
Hasta ahí todo bien. El problema es cuando, sin darte cuenta, empiezas a etiquetar como incoherencias ciertas decisiones, pensamientos u opiniones de tu día a día, de forma que acabas cargando sobre tus hombros el enorme peso no estar siendo fiel a tus propias ideas, en lugar de interpretarlo como un cambio de rumbo inherente a la evolución/maduración. La mejor forma de ilustrar esto es a través de tres ejemplos:

Como puede que sepáis si seguís mi otro blog, Punto y Oporto, el año pasado estuve viviendo un mes en Atenas. Quizá porque no fue fácil convivir con una anfitriona que, por decirlo finamente, no estaba en el mejor de sus momentos, le cogí cierta manía a la ciudad y, cuando alguien me preguntaba sobre ella, casi echaba pestes. Sin embargo, han ido pasando los meses y, cada cierto, tiempo me vienen recuerdos de aquel mes (imágenes, olores, sabores…) que me han hecho sentir casi culpable por haberme “ensañado” tanto con la ciudad, cuando en realidad todos los recuerdos que conservo son positivos. Por eso, la semana que viene… ¡vuelvo a Atenas! Esta vez de vacaciones y con otra actitud que seguramente me ayude a ser más objetiva. Bueno, pues algo tan natural como ese “me lo he pensado mejor, me apetece volver” se retrata en mi mente como una incoherencia avergonzante (“¡Pero ¿no decías que…?!”) que hace que haya sentido la necesidad de justificar el porqué del viaje cuando se lo he contado a las mismas personas que hace apenas un año me escucharon decir lo poco que me había gustado Atenas. Un peso tonto que me he puesto sobre los hombros yo sola (“A ver cómo digo yo ahora que voy a volver sin parecer incoherente…”).
Otro ejemplo: cuando empecé como autónoma, me dije que lo de trabajar en empresa ya no era para mí y nunca lo volvería a ser. Tres años después, me di cuenta de que me apetecía volver a trabajar como asalariada porque echaba de menos la certidumbre, la compañía, el aprendizaje y los horarios, pero me costó horrores admitirlo y tomar la decisión porque sentía que me estaba contradiciendo con lo que había pensado años atrás y no quería parecer “incoherente” (ni a mis ojos ni a los de los demás) o que pareciera que “no sé lo que quiero y voy dando palos de ciego”. De nuevo, presión autoimpuesta. A nadie le importa.

Último ejemplo: cuando decidí vivir la experiencia como nómada digital, le dije a todo el mundo que no sabía cuándo volvería (¡si volvía!), cuántos países iba a visitar, etc. Cinco meses después, volví a España agotada (fue más duro de lo que esperaba) y, en vez de hacerlo orgullosa de lo vivido y con una gran sonrisa, la sensación que me inundó fue la de volver “con las orejas gachas” porque las cosas no habían durado tanto como había imaginado (y pregonado). Cada vez que quedaba con amigos y hablaba de la experiencia, inmediatamente contaba lo agotador que había sido, justificándome como si la otra persona hubiera iniciado la conversación con una mirada acusadora y un “¿Se puede saber por qué has vuelto tan pronto?”.
Somos más exigentes con nosotros mismos que con cualquier otra persona. Sin duda, darme cuenta de que tengo esta tendencia es el primer paso hacia ser un poquito más compasiva conmigo misma y me ayuda pensar que los pasos para ello pasan por:
- no ser tan categórica y tener más manga ancha conmigo misma.
- no tener este afán por contar todo lo que hago, digo y pienso continuamente (y asumir que nunca cambiaré de opinión).
- ser consciente de que “Mi verdad” hoy puede no ser “Mi verdad” mañana: “valores” no es lo mismo que “opinión”: unos no cambian y otra, sí.
- dejar de sentir la imperiosa necesidad de justificar mis decisiones constantemente.
Me encantaría conocer vuestra experiencia, si os habéis sentido identificados, si sabéis a lo que me refiero o si nunca os ha pasado algo así. O, mejor aún, ¡compartid qué habéis descubierto sobre vosotros mismos últimamente!