Madrid, tenemos que hablar (12/2017)

Foto propia. Madrid.

Que dicen que por qué me voy de Madrid “con lo bien que se está aquí”. Y digo yo que además de estar bien, hay que ser bien. Me lo preguntan los mismos que se sulfuran con el tráfico, critican la masificación del centro, se quejan de los precios de los pisos y están hartos de pasarse horas en el metro. Los mismos, curiosamente, que nunca han vivido en otro lugar. Esta entrada es para ellos.

Madrid y yo nos vamos a dar un tiempo, en el cual pueden pasar dos cosas: que nos demos cuenta de lo mucho que nos necesitábamos o que nos reafirmemos en la decisión de que hicimos bien en dejarlo. Como sucede con las personas, algunas ciudades sacan lo mejor de ti y te hacen sentir como en casa rápidamente y otras llegan a hacerte plantearte si acaso el problema eres tú y tu idealismo exacerbado.

Desde pequeña le colgué a Madrid la medalla de ser la ciudad de mis sueños. Di por hecho que ella sería mi ciudad y que en ella viviría todo lo que un lugar pequeño no me permitía vivir. Como cuando nos enamoramos y se nos nubla la razón, la doté de unas características inexistentes y, quizá, ese fue el problema desde el principio. Quizá la clave está en que la elegí yo a ella y no ella a mí.

Madrid, ansiosa por caminarte entera…

recorrí Malasaña deleitándome con sus luces, comercios y modernos, tratando de ignorar que aquello no era más que una careta tras la que se escondía la soledad del siglo XXI;

recorrí el Retiro con mi cámara inventándome un aura mágica que me permitía no reparar en la ausencia que me acompañaba;

recorrí la Gran Vía con la ilusión de quien una vez aseguró que ese era su lugar favorito del mundo, intentando no pensar en que aquella calle representaba el colmo del abarrotamiento y el consumismo;

recorrí Montera intentando fijar mi atención en la multiculturalidad y en los luminosos para no prestársela a las prostitutas y los chulos que flanqueaban la calle;

recorrí Sol entornando los ojos para empaparme de los murmullos urbanos y obviar el hecho de que mis manos apretaban sin querer con más fuerza la cartera;

recorrí los tres barrios en los que viví deseando en secreto que fueran aquellas calles las que presenciaran mi futuro, si bien nunca llegué a considerar hogar a ninguno.

Madrid, tenemos que hablar. Me prometiste tantas cosas… Las cumpliste tan torpemente que aún no me lo creo y día tras día sigo dándote oportunidades, a ver si hoy… ¿Dónde está todo eso que se dibujaba en mi mente cuando pensaba en cómo sería vivir en ti, contigo? ¿Acaso eran expectativas irreales fruto de ideas preconcebidas sobre la vida en la gran ciudad? ¿Fue culpa del cine y la televisión? ¿…O quizá todo lo que esperaba de ti me lo va a dar, en realidad, otra ciudad?

Pero no quiero ser injusta. Mentiría si dijera que no me has acogido con tus calles abiertas cuando más te he necesitado, en esos largos paseos que me doy después de ser víctima de algún (des)engaño; que no me has regalado tus cielos más azules en los días más fríos; que no me has animado a expandir mis horizontes. Y te doy las gracias, no creas que no, pero me niego a pensar que aún te tengo que conceder más tiempo para obtener “mi recompensa”: que me des tanto como yo a ti y que me quieras tanto como yo te quiero a ti; que me demuestres que la lealtad, el altruismo, el respeto y la amistad y amor verdaderos son cualidades que también puedo disfrutar y no solo regalar.

Por eso, Madrid, proseguiré mi búsqueda de mi media ciudad, por si acaso, por el motivo que sea, no eras  desde el principio. Ya sabes lo que dicen, si al final estamos hechas la una para la otra, acabaremos juntas de nuevo. Por ahora, Madrid, no hay más que hablar.