Silencio en mi bandeja de entrada (2018)

Desde hace unos días mi móvil ya no recibe notificaciones de correos. No me llegan traducciones. Mi bandeja se ha quedado congelada. Hay calma. Hay silencio. No hay nada. ¿Qué he hecho? ¿Qué ha pasado? Es gratificante porque es por una buena causa, pero, aun así, ensordece, como al sumergir la cabeza en el mar.

Durante un tiempo me propuse distintos métodos paradejar de estar pendiente de la bandeja de entrada: desactivar notificaciones a partir de cierta hora, comprobar el correo solo desde el ordenador, priorizar a los clientes en una franja horaria similar a la mía… Nada funcionó. No pude renunciar ala reconfortante pero esclava sensación autoimpuesta de responder inmediatamentecuando me llegaba un mensaje para evitar que se acumularan los mensajes.

Al más puro estilo Pávlov, la notificación de un correo entrante me hace, aún hoy, saltar cual resorte y dejar lo que esté haciendo para contestar cuanto antes. Las pocas veces que me forcé darme un plazo de unos minutos para contestar, perdí algún encargo (que “se llevaba” el más rápido), lo que reafirmó la necesidad de la prontitud y me hizo dejar de permitirme ese tipo de licencias.¡Ring! ¡Cling! ¡Clong! ¡Beep! Jaleo. Día calentito. Encargo aquí, encargo allá, query aquí, query allá. Deadlines, facturas, meetings, training, translation, editing, reviewing, proofreading, testing, Please confirm availability, I confirm safe receipt, PO, PM, ASAP, FYI…

Y, de repente… silencio. Ningún mensaje se apila en negrita esperando a ser leído. Mi móvil descansa. Mis oídos también… Silencio. ¿Qué ha pasado? He aplicado el método más eficaz que existe: decir adiós. Me he despedido de los clientes cuyos correos me han hecho sentir viva, útil y profesional durante tres años. Les digo adiós a algunos con más pena que a otros y sus respuestas me llevan por una montaña rusa de emociones: el alivio al cortar el grifo de quien había descuidado a su equipo, la pena al dejar marchar a un cliente que acababa de conseguir, la alegría de leer mensajes de despedida de gestores agradecidos y satisfechos con mi trabajo, la tristeza por la fugacidad con la que encuentran un sustituto, la nostalgia por pensar en el camino recorrido desde los comienzos, cuando revisaba diez veces un correo para comprobar que no iba a meter la pata, carraspeando, respirando hondo e irguiéndome antes de darle a Enviar hasta, tres años después, contestar sobre la marcha desde el móvil mientras me ocupo de no ser golpeada por bolsas de Primark en plena Gran Vía a hora punta y volverlo a guardar sin dedicarle más minutos de mi atención.

Me gustan las fechas redondas. Soy de las que, cuando va a la compra, si le sale a pagar 10 € en vez de 9,57, esboza una sonrisa triunfante. De las que echa la mirada atrás y piensa “Justo hoy hace _ años que…”. De las que se ponía contenta cuando en la calculadora le aparecía un número sin decimales al hacer una ecuación. Quizá por eso no podía ser de otra manera: dos años trabajando en plantilla y tres justos desde el alta hasta la baja como autónoma.Y, ahora… cambio de pantalla.

Se avecinan algunos cambios importantes y, aunque todo cambie, seguramente tardaré un tiempo en no saltar cuando escuche la notificación de un nuevo correo. Será entonces cuando deba recordarme que ya no hace falta. Que ya no esperan mi respuesta mis clientes, quienes, durante tres años, regaron mi bandeja de entrada con proyectos y evitaron mi sequía personal y profesional. Consuela saber que este silencio no se debe a mala praxis ni a vacas flacas, sino a una decisión mía. Es gratificante, este silencio, que no augura malos tiempos, sino grandes cambios. Es gratificante, pero, aun así, ensordece, como al sumergir la cabeza en el mar.