“We have plenty of time”, me susurrabas constantemente con esa boca de fresa tuya. Toda la vida por delante. Me lo decías como para que me calmara, porque yo era y soy impulsiva e inquieta. Tú eras más calmada y reflexiva, pero ahora simplemente ya no… eres. Dice tu madre en tu esquela que eras tan terca como una mula o, como suaviza el idioma anglosajón, “as stubborn as a mountain».
Todos hablan de propósitos de año nuevo, pero yo te propongo propósitos de fin de año. Concretamente, propósitos del fin del daño. Dejemos a un lado las inscripciones a gimnasios y hablemos de cómo conseguir que dentro de 364 días…
Cuando estoy unos días sin trabajar, empiezo a notar cómo fluyen ideas de proyectos libremente en mi cabeza. Y, de repente, una que no es descabellada: ¿Y si…?
Muchas veces descarto de inmediato las ideas que se me ocurren para una entrada en el blog. Los temas sobre los que me interesa escribir públicamente están muy limitados: unos contienen información demasiado personal y han de quedarse al abrigo de mis cuadernos y otros son tan recurrentes que pienso que cansarán al puñadito de lectores que me leen. También a veces me gustaría volver fugazmente a ese yo precorporativo, ese yo libre para hablar de cualquier tema sin pensármelo dos veces. Pero las cosas han cambiado, así que seguiré buscando el equilibrio desde este callejón, intentando moldear al buenecito de este árbol para convertirlo en un bonsái un poco punk.
En unos días que me parecen meses La Calma, aún atontada de la caída provocada por El Pánico, recuerda que habíamos acordado un protocolo de emergencia para estos casos y corre a desempolvar los manuales. Brilla, Calma, brilla. Es tu momento. Me ordena respirar, atenerme a los hechos, guardar la bola de cristal, razonar, buscar una explicación lógica y dejar a un lado mis tendencias catastrofistas, tener paciencia.
A veces descarto lo que escribo por si es demasiado oscuro. En mis cuadernos podría pasar desapercibido porque ahí no existe el filtro del ojo ajeno, pero siento que aquí podría acabar ahuyentando al personal. Luego pienso en cuánto disfruto al leer la vulnerabilidad de las escritoras a las que sigo y se me pasa. Que salga lo que tenga que salir. En realidad, no tengo más remedio, viendo que los últimos diez borradores son monotemáticos. Ya está: hablemos de la muerte.
«(…) Rápidamente me abalancé a escribirte, segura de que yo en tu lugar querría recibir el máximo apoyo. No obtuve respuesta y asumí que te encontrarías demasiado débil. ¿Qué otra explicación podría haber…?»
De pequeña se tienen asociaciones muy curiosas. Durante muchos años, por ejemplo, pensaba que la expresión “Limpio como los chorros del oro” era en realidad “los chorros del loro», y no entendía por dónde le salían los chorros al dichoso pajarraco.
¿Y si no lo consigo? ¿Y si me pasa algo? La voz que plantea estas dudas no te acompaña mientras das un paso adelante, sino que te paraliza para que ni siquiera lo des. Te anima a actuar solo cuando alcances la certeza en la incertidumbre que define a los vivos. O sea, nunca.
Hay algo de especial en volver a ver una película de tu infancia siendo adulta. Desde aquellos años, en nuestras vidas hemos acumulado experiencia y desarrollado cinismo. Mi cerebro interrumpe cada dos por tres apostillando algo a cada escena. ¡Qué duro debe de tener el core Halle para mover la cola así! ¿Por qué no le salen burbujas por la nariz cuando respiran?