
Para entender mejor esta montaña rusa, véase la entrada de hace 9 años: Madrid, tenemos que hablar (diciembre de 2017)
Fue una noche de enero en Vía Julia, en mi casa de Barcelona, cuando, mirándome al espejo y clavando mis pupilas en mis pupilas, envié a la yo del futuro un mantra con la intención de grabármelo a fuego: “Date doce meses”. No era solo un consuelo, era una cita. Un acuerdo conmigo misma para volver exactamente a ese punto, frente al espejo, un año después, y comprobar si darme ese tiempo había sido suficiente. Con la volatilidad característica de un pacto así, quise que esa meta me acompañara en los posibles baches que pudieran surgir al dejar atrás Barcelona y volver, por fin, a Madrid. Dentro de mí convivían la certeza de necesitar irme y el miedo a estar cometiendo un error, pero uno pesaba más que otro.
Pero es que no lo entiendes: es que, cuando estaba triste, cerraba los ojos y me imaginaba paseando por el Palacio Real una noche de primavera con una rebequita, de las que confirman el adiós al invierno; cuando venía un fin de semana y paseaba por Chamberí, sentía en mis huesos que no quería irme ya; cuando me imaginaba mi vida cuando fuera mayor, caía en la cuenta de que ya era mayor y que en mi corazón seguía sin dejar huella ninguna Carrer ni ninguna Avinguda, por más que lo intenté. Cada vez que me forzaba a escudriñar los motivos que me empujaban a querer irme, solo desenterraba más y más razones para hacerlo. Era una certeza casi corporal.
Y llegó el 20 y pico de enero de 2025. Y bajé del tren con las maletas y un camión de mudanza de camino a un piso cuyo contrato de alquiler había firmado sin siquiera ver. Y lloré de emoción y de curiosidad por lo que estaba por venir y porque sabía que acabaría volviendo, pero no así. No con estas ganas. Mis plantas y yo necesitamos cerca de tres meses para aterrizar y adaptarnos al deseadísimo cambio de circunstancias. A ellas les faltaba la humedad del Mediterráneo y a mí, tiempo para asimilar que la paciencia (υπομονή) había tenido su recompensa.
Miraba por la ventana del piso antes de acostarme y me quitaba el sueño la emoción de imaginar qué me depararía esta nueva etapa. Se respira diferente en un sitio del que no quieres irte ya. La primera noche no dormí, pensando en que alguna desgracia debía de estar a la vuelta de la esquina, porque no podía ser todo tan bonito, pero abro los ojos cada mañana desde entonces y Madrid sigue ahí para mí, sin rencores después de haberla odiado cuando decidí marcharme. Me acoge ahora con los brazos abiertos de la manera que me negó seis años atrás cuando le exigí que me quisiera como yo a ella y no quiso quererme o no supe apreciarlo.
Y hoy, veintipico de enero de un año más tarde desde aquella noche ante el espejo, busco de nuevo con la mirada mis pupilas en el reflejo para confirmar que, efectivamente, doce meses bastaron para despejar las dudas y confirmar que volver fue lo correcto. Lo conseguimos, Madrid. ¡Lo conseguimos! No habría merecido la pena no haberme ido nunca, porque entonces no habría podido volver… y yo no necesitaba quedarme, sino volver.


