«(…) Rápidamente me abalancé a escribirte, segura de que yo en tu lugar querría recibir el máximo apoyo. No obtuve respuesta y asumí que te encontrarías demasiado débil. ¿Qué otra explicación podría haber…?»
De pequeña se tienen asociaciones muy curiosas. Durante muchos años, por ejemplo, pensaba que la expresión “Limpio como los chorros del oro” era en realidad “los chorros del loro», y no entendía por dónde le salían los chorros al dichoso pajarraco.
¿Y si no lo consigo? ¿Y si me pasa algo? La voz que plantea estas dudas no te acompaña mientras das un paso adelante, sino que te paraliza para que ni siquiera lo des. Te anima a actuar solo cuando alcances la certeza en la incertidumbre que define a los vivos. O sea, nunca.
Hay algo de especial en volver a ver una película de tu infancia siendo adulta. Desde aquellos años, en nuestras vidas hemos acumulado experiencia y desarrollado cinismo. Mi cerebro interrumpe cada dos por tres apostillando algo a cada escena. ¡Qué duro debe de tener el core Halle para mover la cola así! ¿Por qué no le salen burbujas por la nariz cuando respiran?
Mirándola detenidamente, he sido capaz de imaginarme qué aspecto tenía de joven. No debía de ser tan mayor como había pensado en un primer momento, pero su actitud me había llevado a echarle mínimo una década de más.
Cierro los ojos. 3 años. Suena el despertador. Abro los ojos. Hora de levantarse. Remoloneo un poco más. No puedo llegar tarde al trabajo. Tardo cinco segundos desde mi cama. Me levanto. Me desperezo. Directa al desayuno. La rutina me…
¿Sabes cómo se llama el verbo del chirrido que hacen los grillos? ¿O que los buitres de “El libro de la selva” representan a Los Beatles? ¿Cuántos gigas crees que tiene la imagen con más resolución de la historia?
Cuando abrí este blog hace tres meses me prometí que lo hacía para escribir, escribir de verdad. Para mí, la diferencia entre escribir y escribir de verdad es que en el segundo caso te despojas de expectativas ajenas o propias…