
Cruzo las puertas de Atocha una vez más, pero esta vez sin billete de vuelta. Aunque ya me cuesta distinguir qué es ir y qué es venir, sí sé lo que se siente al volver. Cuando me marché de Madrid hace seis años, lo hice mirando atrás de reojo tras haber rellenado decenas de páginas preguntándome si era la decisión correcta. Algo me decía que sí, así que lo hice.
Camino de Barajas, me ilusionaba mucho mi nueva vida en Irlanda, una etapa que la pandemia quiso que solo durara 14 meses. Surfeando las olas del COVID y de la nueva normalidad, se presentó la oportunidad de trasladarme a Barcelona, así que no me lo pensé. Mismo trabajo, misma empresa, otro equipo. Cuando me marché de Irlanda, lo hice mirando atrás de reojo tras haber rellenado decenas de páginas preguntándome si sería la decisión correcta. Algo me decía que sí, así que lo hice.
Aterricé en Barcelona a finales de 2020. Restricciones, mascarillas, cierres, calles desiertas, plazas vacías y monumentos sin público confirmaban que había ido a vivir a esta ciudad masificada en un momento histórico. Además de las estampas irrepetibles que presencié, al esfuerzo que se presupone a los nuevos comienzos, se sumaba la dificultad para conocer a gente en tales circunstancias. Conseguí no volverme loca gracias al ejercicio, a bailar en el salón, a escribir, a dibujar y a largos paseos descubriendo la ciudad con mi querida y recién estrenada amiga Elisa. Poco a poco, todo empezó a remontar y Barcelona recuperó su bullicio, sus hordas de turistas ensimismados, su legión de guiris de sandalias y calcetines blancos, y su inconformismo característico.
Relojes y calendarios pisaron el acelerador y pasaron de marcar un minuto cada 1000 segundos a, sencillamente, volar. El tiempo pasaba más rápido de lo que nunca se me había pasado y aquello parecía ser la recompensa por haber tenido la paciencia de quedarme suficiente tiempo para permitir que la rutina, en el mejor sentido de la palabra, tomara las riendas de mi día a día. La vida adulta debía de ser aquello. Todo cuadraba. Casa comprada, trabajo estable, núcleo duro, buen rollo en la oficina… Qué más podía pedir… ¿No?
Algo que ocurre cuando decides proclamarte Feliz es que es tentador pensar que conviene no tocar nada para no perturbar ese estado. No tendría sentido mover ficha si ya has alcanzado la meta… a no ser que consideres la vida como un tablero en constante movimiento en el que, si te paras, pierdes. Es cierto que, si los motivos que te mueven a pensar en un cambio a priori innecesario son intangibles, resulta más difícil justificar la decisión. Tomando decisiones corres el riesgo de equivocarte, pero nada te asegura que no tomándolas (o, mejor dicho, tomando la decisión de no hacer nada aunque te lo pida el cuerpo) no puedas estar cometiendo un error también. Así que activé el interruptor… otra vez. Mismo trabajo, misma empresa, mismo equipo.
Cuando me marché de Barcelona, lo hice mirando atrás de reojo tras haber rellenado decenas de páginas preguntándome si sería la decisión correcta. Algo me dijo que sí, así que lo he hecho. Y aquí estoy, atravesando las puertas de Atocha, intentando mantener en calma las emociones desbocadas como una profesora que pide silencio a un grupo de niños revolucionados tras el recreo. Les tengo que recordar a todas ellas que no es lo mismo volver que llegar por primera vez: al volver la dificultad añadida es lidiar con tus propias expectativas y empezar de 0 en el sitio donde aprendiste a contar hasta 100. Volver a empezar sin atajos en una ciudad donde todo sigue igual después de que todo haya cambiado por completo. La cuestión es que esa ciudad… es casa.

