10 conclusiones al cumplir los 30 (2019)

Hace 10 años…

Siempre me han encantado los cumpleaños y, si es para celebrar una cifra redonda, más todavía. Me encanta cerrar etapas, me encanta septiembre, me encanta el 1 de enero, me encanta “el primer día de” y, por supuesto, me encanta cumplir 30 años en unas horas y compartirlo en este blog que en enero cumple ya ocho añazos.

He pensado cuál es el mejor formato para esta entrada y, aunque está muy trillado el típico “Cinco cosas que…”, a mí como lectora me sigue atrayendo, así que voy a imaginar que a alguno de vosotros también os gusta y voy a usarlo hoy para mi reflexión. Os voy a contar cinco cosas que he aprendido o conclusiones a las que he llegado en estos años. Aunque lo personal y lo profesional van de la mano, he querido distinguirlo para poder centrarme bien en cada ámbito.

Conclusiones profesionales

No todo vale (ni siquiera al principio de tu carrera). Que haya que empezar “desde abajo” cuando uno se acaba de licenciar no implica tener que aceptar cualquier cosa. Como dijo aquel genio, “Si juzgas a un pez por su capacidad para escalar un árbol, vivirá toda la vida pensando que es un inútil”. Los primeros trabajos son de gran ayuda para saber a qué no quieres dedicarte o qué no estás dispuesto a tolerar. Sentirte mal como profesional o un inútil es una señal de alarma que no debes dejar pasar. No es “lo normal”, por mucho que estés empezando, y conviene salir de ahí cuanto antes porque puedes llegar a meterte en un pozo del que luego cuesta mucho salir luego.

No hay que quedarse a vivir en la liana. Hay que aceptar que habrá trabajos que no te gusten o no se adapten a lo que quieres, pero, si no pierdes de vista que ese empleo está cumpliendo una función y es solo un escalón más que te lleva hacia donde quieres llegar, te será más fácil no caer en el victimismo o, como puede ocurrir paradójicamente, no anclarte a ese trabajo por comodidad. Utiliza las experiencias laborales como lianas que te hagan avanzar en tu carrera profesional. Como leí una vez por ahí, “Tropezar es malo, pero cogerle cariño a la piedra es peor”.

Hay que ser buena persona para ser buen profesional. Es preferible la humildad a los aires de grandeza, agachar la cabeza antes que ponerse gallito (si te has equivocado) y el compañerismo antes que la inflexibilidad o la soberbia. A los buenos profesionales se les aprecia; a las buenas personas se las recuerda.

La comunicación escrita requiere de más tacto. Como básicamente vivimos de los correos electrónicos y los mensajes, más vale dedicar un minuto extra a releer un mensaje y ver si alguien que no esté en nuestra cabeza va a entender lo que queremos decir (y la intención con la que lo decimos). Muchas veces malinterpretamos las intenciones de la persona que está al otro lado solamente por sus “formas”, que en el caso de la comunicación escrita solo se pueden suavizar a base de reescribir y añadir ciertos guiños.

La libertad (del freelance) no tiene por qué ser LA aspiración. Como ya he dicho en el pasado (echa un ojo a “Desidealizando al traductor autónomo“), trabajar durante tres años de freelance me hizo darme cuenta de que era libre para muchas cosas (organización de mi trabajo, “elección de horarios*”, aceptar o rechazar proyectos, cambiar de clientes…), pero esclava de otras muchas, como facturación, gastos fijos extra, *diferencia horaria por tener clientes de diferentes países, ausencia de vacaciones (podía irme cuando quisiera, pero días no trabajados = días de no ingresos), soledad (o tener que pagar por rodearte de gente en un coworking), etc. Se da mucha visibilidad a las ventajas de ser autónomo y se demoniza mucho ser asalariado: cada formato se adapta mejor o peor a nuestra vida dependiendo de lo que busquemos en cada momento, pero no pasa nada.

Conclusiones personales

Primero tú y luego los demás. Como en los aviones, si hay una despresurización de la cabina, ponte primero tú la máscara y luego pónsela a tu hijo. ¿Por qué? Porque si tú no estás bien, se acaba el juego. Asegúrate de estar en tu lista de prioridades y de escuchar a tu cuerpo, que es sabio y sin duda te avisará cuando estés ignorando señales de alarma consistentemente, hasta el punto de incapacitarte, si así logra que pares el carro y reflexiones.

Nada es para siempre (y no pasa nada): Como comenté en una de las entradas más personales hasta la fecha, “Lo malo de ser traductora (incoherencias vitales)“, durante mucho tiempo (y hasta hace poco) sufría por ser muy tajante en mis ideas, proyectos y conclusiones, porque al tiempo cambiaba de opinión y me frustraba conmigo misma juzgándome de incoherente. Pensar hoy X y mañana Z no solo es normal sino sano, y que nadie te convenza de lo contrario (sobre todo, tú misma). Los cambios que haces siempre son para bien, porque si no, no los harías.

Aléjate de lo que no te hace bien… porque te hace mal. El tiempo o la energía que estás dedicando a una persona que no merece la pena lo podrías estar dedicando a otra persona (como mínimo, a ti misma). A la primera de cambio que algo importante “no te cuadre”, no caigas en la tentación de achacártelo a ti (“Estaré siendo muy tiquismiquis”, “También es que yo…”). ¡Sal por patas! Y recuerda que eso no es huir, es cuidarse.

Quien tenga que estar ahí, estará (sin tener que ir tú detrás). Los amigos que decidan quedarse a tu lado, lo harán por sí mismos y no tendrás que perseguirlos para mantenerlos en tu vida. Como persona a la que le encanta conocer gente, muchas veces me he empeñado en intentar afianzar una amistad que claramente era unilateral. Sin embargo, yo asociaba su distanciamiento con que yo no estaba dedicándoles suficiente atención o tiempo. La culpa, siempre mía, claro, en vez de asumir que hay personas que entran en tu vida, cumplen una función (por mal que suene), y salen. La verdadera amistad es un 50-50.

La resiliencia como meta. Como me dijo mi psicóloga, “El objetivo de la terapia no es que nada te afecte”. La ecuación Estabilidad emocional = Nada me afecta no es correcta. Se trata de permitir que las cosas te afecten, de ser permeable y de “dejarte sentir” con la certeza de que, pase lo que pase, volverás a estar bien (si “estar bien” no es tu estado natural, recuerda que los psicólogos están ahí para algo y te pueden cambiar literalmente la vida). Confía en ti y en tu capacidad de recomponerte sean cuales sean las circunstancias.

Y así de profunda me despido hasta nueva orden, soplando las velas… con una sonrisa.