La Traducción no lo es todo (2017)

Ayer eché un vistazo a la sección «Sobre mí» del blog y me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin actualizarla. Decía que tenía 26 años (a cuatro meses de los 28) y, casi por inercia, mencionaba las prácticas que había hecho, la experiencia en plantilla y mi recorrido como autónoma. Curioso que eligiera lo meramente profesional para definirme como persona. Por eso, porque ya no me sentía tan identificada con esa descripción que yo misma había escrito hacía unos dos años, decidí incluir detalles más personales e informales, que es para lo que sirve esa sección y es lo que buscan leer quienes allí entran.

Por sacarle punta a esta reflexión, os diré que somos muchos (traductores y no traductores) los que demasiado a menudo nos definimos como personas por aquello a lo que nos dedicamos. Hace poco asistí a este taller de la ilustradora Monstruo Espagueti en Madrid y lo primero que tuvimos que hacer fue escribir unas líneas sobre nosotros para presentarnos (haciendo especial hincapié en nuestros defectos, pero eso ya es otro cantar) y me vi ante la página en blanco pensando quién era yo, además de una traductora. Me avergüenzo un poco de admitir que me costó arrancar porque hasta ahora estaba acostumbrada a decir “soy Merche y soy traductora”, como si alguien supiera qué supone eso en términos de personalidad. Ni yo misma lo sé. Sencilla coraza. Me pareció tan criticable como quienes, al tener hijos, se definen como “madre” o “padre”. ¿Qué eran antes, entonces?

No sé vosotros, pero para mí la traducción ha ocupado durante mucho tiempo la mayor parte de mi mente, casi de forma obsesiva. Recuerdo que, cuando trabajaba en plantilla, la ida y la vuelta en metro y Cercanías (2 horas en total) me las pasaba en Twitter, Facebook, respondiendo a correos y esbozando ideas para el blog. Y llegaba a casa y… la traducción seguía allí. Después, cuando empecé como autónoma, me di cuenta de que a menudo me gustaba tanto lo que hacía (no solo lo que traducía, sino también el proceso de elaborar CV, establecer contacto con potenciales clientes, hacer pruebas, verme llevando mi propio negocio, etc.) que no me importaba echar “unas horitas” (= vida) de más. Y a deshora.

Además, moverme constantemente en estas redes hacía que fuera imposible desconectar y llegó el punto de plantearme qué aficiones tenía, porque no podía ser que mi profesión fuera mi pasión, mi afición, mi medio de vida y mi forma de socializar. No conocía más que a traductores y en mi tiempo libre mi mente seguía dándole vueltas a temas relacionados (viendo una peli, mirando carteles por la calle, leyendo cartas de restaurantes…).

Por suerte, en los últimos tiempos me he dado cuenta de que la traducción no lo es todo… y no pasa nada.

  • Que no pasa nada por que haya una falta de ortografía en un cartel.
  • Que el mundo no es un lugar peor porque alguien confunda dos términos.
  • Que, aun cometiendo incorrecciones, el discurso de muchas personas sigue siendo muy interesante y enriquecedor. Que sí.
  • Que no estamos por encima de nadie por tener más conocimientos lingüísticos que otros, igual que quien sabe más sobre, pongamos, matemáticas, no se cree superior a quien apenas se apaña con una ecuación simple.
  • Trabajar en casa delante de un ordenador tampoco ayuda a dosificarnos, al menos no a aquellos que no tenemos mesura cuando algo nos gusta de verdad. El otro día leí la entrada “¿Qué es mejor para mí: trabajar como traductor autónomo o en plantilla?” de Virginia Pastor, Be Global Translations, y me dio que pensar esta parte:

Cuando teníamos algunas conferencias o seminarios en los que venían otros traductores autónomos a darnos su opinión y consejos, la mayoría mostró el lado problemático de trabajar como traductor autónomo.

Apenas escuchamos a ningún traductor autónomo decir que era feliz como autónomo ni el lado bueno de ser autónomo. Recuero que después de esos seminarios y conferencias, mi grupo de amigos y yo decidimos no elegir el camino de autónomos e intentar buscar puestos de traductor en plantilla donde pudiéramos usar diferentes idiomas, pero NUNCA como autónomos.

Nuestro comportamiento es a menudo es paradójico. Por un lado, nos encanta quejarnos de todo (traducueva, pijama, vecinos, clientes que no pagan, Hacienda, cuotas de autónomos…) y, por otro, idealizamos nuestra profesión. En las redes parece que todo el mundo está hasta arriba de trabajo siempre, que no pasa momentos de bajón y de dudas, o que no se plantea si esta es la vida que realmente quiere llevar (como si dudar te hiciera más débil). Creemos ser sufridores, luchadores y… salvadores de la humanidad. Y me incluyo. Esto es también una autocrítica… y no pasa nada.

Damos una imagen muy contradictoria y es normal que eso cause confusión entre quienes empiezan. La respuesta correcta es, como siempre, depende. Depende de cómo seas la traducción te hará o no feliz, se adaptará o no a tu estilo de vida, te llenará más o menos, o conseguirás o no que te salga bien (ya sea por clientes, por motivación o porque, sencillamente, no te llene). Y lo mejor de todo es que no pasa nada si no es lo tuyo, porque eres algo más… ¿no?

¿Qué eres, además de traductor?