
Quizá estoy bajo la influencia del formato epistolar de María Lejárraga, pero tras leer varias de sus cartas a las mujeres de España, aquí me tienes, permitiendo que la inspiración transforme la temida página en blanco en una carta a una persona que nunca existirá. Me siento… entre demente y bruja. ¡Qué casualidad! Justo como la sociedad quiere que se sientan las mujeres que deciden no tener hijos. Y, oiga, qué mejor sitio que mi blog, esta habitación digital propia semiabandonada desde hace tiempo, para mantener una conversación que, desde luego, no se podría producir de ninguna otra manera. Ni siquiera lo hago por «visibilizar» nada. No van por ahí los tiros. Van de dar salida a mis pensamientos y también de dar por zanjada esta charla distendida que, de cuando en cuando, me pide ser escrita y yo nunca le termino de dejar.
Este es uno de esos temas sobre el que nadie te puede sugerir amablemente que mejor no comentes si no quieres dolores de cabeza en las redes. La lista de asuntos de ese tipo no hace más que aumentar proporcionalmente al odio que se respira en internet, donde el anonimato canaliza la rabia mal gestionada de muchos. Llega un punto que acabas por autocensurarte si consideras parte de la experiencia de escritura el compartir tus pensamientos. Quienes me siguen desde hace años pueden imaginarse lo difícil que resulta para alguien como yo aplicar cortapisas al escribir. Quizá por eso escribo tan poco. Soy consciente de que muchas de mis entradas giran en torno a la muerte o a temas que podrían considerarse deprimentes o tristes, pero esos son precisamente los ámbitos tan personales que no tocan ni ligeramente con nada sobre lo que sea mejor no opinar.
Mi entorno me define como una persona alegre y risueña, pero de puertas para adentro hay otro yo que me define igual o más, la faceta devoralibros, la mujer a la que le visitan las musas a deshora, la que investiga sobre la concepción de la muerte en otras culturas para que le pille más preparada la próxima vez que la enfrente, la que se agobia por no poder aprender todo lo que quiere en el tiempo que tiene, la que se despierta de golpe de un duermevela con una idea para escribir un libro, pintar un cuadro o montar un negocio, la que escribe a calzón quitado a las tantas de la noche en cuadernos donde puede expresarse con verdadera libertad. Podría fácilmente relegar esta carta a ese ámbito de la intimidad y, sin embargo, el cuerpo me pide compartirla. Pues que no se hable más. Si hay que compartir, se comparte.
Querido hijo:
A veces caigo en la cuenta de que digo que no quiero tenerte y, en realidad, quizá ni podría aunque quisiera. Puede que incluso si hubiera deseado con todas mis fuerzas tu llegada, quizá ello habría requerido, como les ocurre a tantas mujeres, horas en consultas, salas de espera y quirófanos, confiando tu existencia a la ciencia a golpe de talonario. Quizá vivo engañada, pero me hace ilusión creer que tu no existencia se debe a una decisión meditada. Y eso sabiendo que, de haberte deseado y tenido, nadie te habría querido más. Vivo con la certeza de que sería una buena madre aunque no lo vaya a ser nunca por voluntad.
Sin ti, me pierdo vivir un tipo de amor superior a cualquier otro que pueda conocer, dicen. No obstante, gracias a que no estás, me aguardan experiencias que por mi forma de ser me llenarán igual o más. Si es como dicen, tu mera existencia me haría feliz como madre, pero yo sé que quizá no tanto como mujer. Verás: me faltan horas en el día para leer todos los libros que se amontonan en las estanterías de las librerías, para ver todas las películas que se acumulan en mis listas, para viajar a todos los lugares que he marcado en el mapa, para conocer a toda la gente que me espera en sitios a los que nunca iría de estar tú aquí.
¿Sabes? Cuando era pequeña, los adultos me decían que la vida era muy larga, que no tuviera prisa y que ya habría tiempo de hacer todo eso que quería hacer. Y de repente, en lo que a mí me ha parecido un abrir y cerrar de ojos, oyes que ya vas tarde y que te des prisa porque la vida es corta. Cualquiera podría cometer el error de pensar que, de ser eso cierto, esa larga vida de la que hablaban es en realidad solo el periodo de tiempo que va desde que yo nazco hasta que tú naces.
Estoy segura de que haber sido precoz en muchas cosas explica que me sienta a la vez como si tuviera setenta años y quince. Verás, mientras otras chicas cotilleaban sobre amoríos en el recreo, yo ya lidiaba con haber descubierto la cara oscura de internet; mientras empezaban a tener novios más formales, a mí el amor ya me había hecho bajar a los infiernos; mientras otras probaban deportes nuevos, yo llevaba meses sin poder caminar sin dolor; cuando las demás descubrían los libros de autoayuda, yo ya llevaba años en terapia; cuando mi entorno empezaba a casarse y/o tener hijos, yo me enfrentaba a las muertes de una amiga y de una expareja tan solo dos años después de una pandemia mundial. Pero quizá todo esto sean meras circunstancias y en realidad lo que siento es que no habría querido tener tiempo para ti incluso si todo se hubiera desarrollado sin mayores sobresaltos.
Estoy segura de que, a poco que te parecieras a tu madre, entenderías que apenas ahora estoy empezando a comprender las reglas del juego y a disfrutar más de las luces que de las sombras. El nivel de responsabilidad que tendría que asumir para prepararte para vivir en este mundo de locos supera con creces la energía que estoy dispuesta a invertir en alguien que no sea yo en este momento. Tendría que enseñarte lo que he desaprendido, que no es poco. Solo me da pena que no descubras lo maravillosa que es la amistad, algo mucho más verdadero que el amor romántico, al que tanta literatura se le ha dedicado.
Por todo ello, y con una decisión quizá más meditada que muchas de las decisiones que toman quienes deciden traer hijos al mundo, decido que no existas porque es lo mejor para mí. Ponerme por delante de todo y de todos, y dedicar mi energía a poner en marcha mis planes suena como el plan de vida perfecto para mí. ¿Por qué? Porque lo digo yo y punto. Al fin y al cabo, soy tu madre.



Muchas gracias por dar a conocer tan explícitamente tus pensamientos y más de un tema tan delicado y discutido.
Eres muy, muy valiente al mostrarlo tan abiertamente.
Ele, ele y ele.
Un abrazo grande, grande 🥰
Gracias, Enri 🙂