
No termino de decidir qué afirmación es menos cierta, si que las personas cambian o que no. Porque, si no cambian, ¿cómo evolucionan las relaciones? Y, si cambian, ¿cómo se conservan? Ahí es donde entra en juego lo inexplicable, tanto en el amor como en la amistad, porque es en estas áreas donde más se observan sinergias a priori imposibles y oportunidades ilógicamente concedidas. Así, una relación puede sobrevivir contra el viento y la marea de lo externo, manteniéndose tan sólida a nivel interno que apenas tiene sentido. Como la flor que se queda en pie tras un huracán: no se sabe qué tienen esos hilillos que le sirven de raíz o de qué están hechos sus suaves pétalos para que sea capaz de permanecer aferrada a un suelo que, para sorpresa de todos, no la apresa sino que la mantiene intacta. ¿Cómo se explican, si no es admitiendo el factor de la ilógica, amistades que perduran contra todo pronóstico, donde no salen las cuentas si analizamos los rasgos que caracterizan a las personas que las forman? Y aun así, un café al año, mínimo cae. Y no solo cae, sino que es que se convierte en una cita ineludible pese a la excesiva elasticidad del «cuándo» que ambas partes tardan en definir. Hay cosas que no tienen explicación y se nos escapan, y hace unos años podrían pasar desapercibidas. Quizá las barríamos bajo la alfombra con un «Pues la vida, que tiene estas cosas», frase que tantas explicaciones racionales nos evitaba. Pero ahora, en la era del algoritmo, de la prisa y del «yo», lo lógicamente inexplicable genera doble ración de interés en nosotras, las mentes inquietas.


