Foto propia. Tipos Infames. 14/2/2026

Hoy el día estaba gris y el viento hacía imposible encontrar un poco de paz paseando por Madrid, pero tenía dos grandes citas en este San Valentín: la peluquería y la librería Tipos Infames. Después de aguantar seis semanas sin retocarme las raíces, tocaba decidir si mantenerme fiel a mi propósito de Año Nuevo (dejar de teñirme las canas) o pedirle a la peluquera lo de siempre, como haría cualquier Manolo que se precie en su bar Paco de confianza. Puede sonar a decisión trivial, pero, a poco que me conozcas (o seas mujer), sabrás que «dolor» es el término que mejor define el mero intento de convivir con las incipientes raíces disruptoras de buena parte de nuestra autoestima. Y ¿quién querría enfrentarse al dolor pudiendo, sencillamente, no hacerlo? Pues quien decide que, a cambio del mal trago, obtendrá un beneficio mayor que el dolor que supone el proceso. Y, en el caso de dejar de teñirse, el beneficio es ni más ni menos que estar un paso más cerca de cómo querría ser de mayor.

Bolsa de recuerdo comprada hoy

En menos de cuatro años, cumpliré 40 y, para llegar a esa edad con la imagen que yo tengo en mente, de mujer libre de ataduras capilares y con la confianza suficiente para lucir su pelo natural, tengo que empezar a dar pasos ya. Hace un tiempo que vengo informándome sobre los efectos del paso de los años en el cuerpo de las mujeres para que no me pille desprevenida (y evitar así ese temido «¿Por qué nadie me avisó de esto?»). Por eso, soy consciente de que dejar de teñirse más adelante, quizá coincidiendo con la perimenopausia y con verse peor, va a ser más duro de lo que me resultará ahora. Por eso, cuando atravieso el umbral de la peluquería, respiro hondo y suelto el discurso del que llevo autoconvenciéndome desde hace días. Una hora y 60 euros más tarde, mis hidratadísimas canas y yo nos encaminamos hacia la segunda cita del día sabiendo que hemos dado carpetazo (por ahora) a la tradición que nos ha acompañado cada cuatro semanas desde hace 15 años.

Foto propia. 14/2/2026. Escaparate de Tipos Infames.

15 años también es el tiempo que lleva en Malasaña la librería-vinoteca Tipos Infames, que hoy echa el cierre definitivamente y ha ocupado por ello decenas de titulares en la prensa nacional. Mentiría si dijera que no me siento un poco culpable por haber dado por hecho que siempre estarían ahí. Por hojear sus libros y no comprar tantos como podría haber comprado. Por no haberles dicho nunca que sus selecciones de canela fina me abrieron puertas nuevas cuando aún no sabía por dónde me daba el aire, literariamente hablando. En 2013, cuando me mudé a Madrid, la palabra «hípster», que enmarcaba su modelo de negocio híbrido, tenía tan mala fama como el «gentrificar» de ahora (que, irónicamente, es el porqué de su cierre).

Por aquel entonces, la imagen de hípster era la de un moderno con camisa de leñador, barba y gafas de pasta, que escuchaba Vetusta Morla sentado en el Starbucks, absorto en su Latte mientras googleaba «Nómada digital Chiang Mai» en su Macbook Pro, a la vista de cualquier viandante. Por aquel entonces, «IA» solo era el nombre de una película malucha de 2001, «pandemia» te sonaba a la peste negra, «tik tok» era el sonido que hacía el reloj y el concepto «café de especialidad» habría suscitado preguntas como «pero ¿de especialidad de qué?». En realidad, es una vida entera, 15 años.

Foto propia. 14/2/2026. Fuera del local.

Tipos Infames simboliza para cada uno de nosotros algo diferente, pero, si su cierre ha tenido tanta repercusión, es porque supone el fin de una era para muchos. Para mí, era una forma de entender Malasaña y un tipo de vida en Madrid. Era una especie de ideal de la vida adulta que quería conseguir tener en la capital de mayor. Al igual que de pequeña miraba las manos de las chicas mayores y soñaba con que se me marcaran los nudillos como a ellas, con 23 años, Tipos Infames simbolizó para mí el ideal de vida guay con el que soñaba, ese en el que me rodearía de intelectuales que bailan swing y toman vermú y con los que podría mantener conversaciones culturetas tomando un café y un vino.

Voy pensando en todo esto mientras subo por la Corredera Baja de San Pablo en dirección a la calle San Joaquín 3. Cruzo la Plaza de San Ildefonso y por fin doblo la esquina que me permite ver, a lo lejos, a varias personas paradas mirando el escaparate y comentando el cierre y cuána gente hay. Curiosamente, no se escucha nada cuando alguien abre o cierra la puerta al salir. Con tal afluencia, una esperaría oír al menos un murmullo, pero no. Entro y siento que ese tipo de silencio me recuerda a los que hay cuando reúnes a muchas personas calladas en un mismo sitio, como en una biblioteca llena o en un tanatorio. Con una mezcla de culpa y nostalgia, muchos fingimos no saber que los libros que nos planteamos comprar hoy como agradecimiento por lo vivido los podríamos encontrar en cualquier otro sitio mañana. Igualmente, es emocionante ver a varias personas con las manos llenas de libros, que los coloca en caja como quien coloca una corona de flores sobre el ataúd del ser querido.

Foto propia. 14/2/2026. Dento del local

Solo interrumpe el silencioso ritual algún «hasta siempre», alguna risa entre los dueños y las palmadas en la espalda que unos y otros se dan a modo de despedida y gratitud. No sabría distinguir si son amigos o solo clientes habituales. Elijo cuatro libros, uno de los cuales ya me he leído pero quiero tener en papel, y me dirijo a pagar. Me da vergüenza acercarme y decirles «Gracias» así, en frío, porque voy a sonar a cliché y porque tampoco transmite todo lo que querría decirles que representan para mí, así que compro la bolsa de tela roja de recuerdo y me despido con una sonrisa y un «suerte» que en mi cabeza sonaban mejor. Al salir me quedo mirando el escaparate y releo el eslogan de la bolsa que acabo de comprar: «Perdimos nuestra juventud en Malasaña». Y pienso que qué ironía, y que quizá «de mayor» era esto, era hoy. Con esto en mente, mis hidratadísimas canas y yo nos dirigimos al Metro, entre confusas y emocionadas. Solo es 14 de febrero de 2026 y ya llevamos dos o tres acontecimientos históricos. Cuatro, si me preguntas a mí.

Foto propia. Tipos Infames. 14/2/2026

Acerca de la autora

Merche García

Me llamo Merche, tengo 36 años y soy traductora. El lenguaje y la comunicación son mi pan de cada día y así lo demuestran mis aficiones: leer, escribir, dibujar, hablar, escuchar… En concreto, has ido a parar al espacio donde escribo, para que puedas leer y, después, podamos hablar 🙂. Este blog se llama «Terceras Partes» porque antes de él hubo otros dos, «Punto y Oporto» (para contar mi experiencias nómadas) y «Traducir&Co». Puedes leer algunas de las entradas accediendo desde el menú superior.

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